segunda-feira, 28 de setembro de 2015
Dicurso completo pronunciado por el Papa en la vigilia del EMF
Queridos
hermanos y hermanas,
Queridas
familias:
Gracias
a quienes han dado testimonio. Gracias a quienes nos alegraron con el arte, con
la belleza, que es el camino para llegar a Dios. La belleza nos lleva a Dios. Y
un testimonio verdadero nos lleva a Dios porque Dios también es la verdad. Es
la belleza y es la verdad. Y un testimonio dado para servir es bueno, nos hace
buenos, porque Dios es bondad. Nos lleva a Dios. Todo lo bueno, todo lo
verdadero y todo lo bello nos lleva Dios. Porque Dios es bueno, Dios es bello,
Dios es verdad.
Gracias
a todos. A los que nos dieron un mensaje aquí y a la presencia de ustedes, que
también es un testimonio. Un verdadero testimonio de que vale la pena la vida
en familia. De que una sociedad crece fuerte, crece buena, crece hermosa y
crece verdadera si se edifica sobre la base de la familia.
Una
vez, un chico me preguntó – ustedes saben que los chicos preguntan cosas
difíciles –: «Padre, ¿qué hacía Dios antes de crear el mundo?». Les aseguro que
me costó contestar. Y le dije lo que les digo ahora a ustedes: Antes de crear
el mundo, Dios amaba porque Dios es amor, pero era tal el amor que tenía en sí
mismo, ese amor entre el Padre y el Hijo, en el Espíritu Santo, era tan grande,
tan desbordante… – esto no sé si es muy teológico, pero lo van a entender –,
era tan grande que no podía ser egoísta. Tenía que salir de sí mismo para tener
a quien amar fuera de sí. Y ahí, Dios creó el mundo. Ahí, Dios hizo esta
maravilla en la que vivimos. Y que, como estamos un poquito mareados, la
estamos destruyendo. Pero lo más lindo que hizo Dios – dice la Biblia – fue la
familia. Creó al hombre y a la mujer; y les entregó todo; les entregó el mundo:
«Crezcan, multiplíquense, cultiven la tierra, háganla producir, háganla
crecer». Todo el amor que hizo en esa Creación maravillosa se lo entregó a una
familia.
Volvemos
atrás un poquito. Todo el amor que Dios tiene en sí, toda la belleza que Dios
tiene en sí, toda la verdad que Dios tiene en sí, la entrega a la familia. Y
una familia es verdaderamente familia cuando es capaz de abrir los brazos y
recibir todo ese amor. Por supuesto, que el paraíso terrenal no está más acá,
que la vida tiene sus problemas, que los hombres, por la astucia del demonio,
aprendieron a dividirse. Y todo ese amor que Dios nos dio, casi se pierde. Y al
poquito tiempo, el primer crimen, el primer fratricidio. Un hermano mata a otro
hermano: la guerra. El amor, la belleza y la verdad de Dios, y la destrucción
de la guerra. Y entre esas dos posiciones caminamos nosotros hoy. Nos toca a
nosotros elegir, nos toca a nosotros decidir el camino para andar.
Pero
volvamos para atrás. Cuando el hombre y su esposa se equivocaron y se alejaron
de Dios, Dios no los dejó solos. Tanto el amor…, tanto el amor, que empezó a
caminar con la humanidad, empezó a caminar con su pueblo, hasta que llegó el
momento maduro y le dio la muestra de amor más grande: su Hijo. ¿Y a Su Hijo
dónde lo mandó? ¿A un palacio, a una ciudad, a hacer una empresa? Lo mandó a
una familia. Dios entró al mundo en una familia. Y pudo hacerlo porque esa
familia era una familia que tenía el corazón abierto al amor, que tenía las
puertas abiertas. Pensemos en María, jovencita. No lo podía creer: «¿Cómo puede
suceder esto?». Y cuando le explicaron, obedeció. Pensemos en José, lleno de
ilusiones de formar un hogar, y se encuentra con esta sorpresa que no entiende.
Acepta, obedece. Y en la obediencia de amor de esta mujer, María, y de este
hombre, José, se da una familia en la que viene Dios. Dios siempre golpea las
puertas de los corazones. Le gusta hacerlo. Le sale de adentro. ¿Pero saben qué
es lo que más le gusta? Golpear las puertas de las familias. Y encontrar las
familias unidas, encontrar las familias que se quieren, encontrar las familias
que hacen crecer a sus hijos y los educan, y que los llevan adelante, y que crean
una sociedad de bondad, de verdad y de belleza.
Estamos
en la fiesta de las familias. La familia tiene carta de ciudadanía divina.
¿Está claro? La carta de ciudadanía que tiene la familia se la dio Dios, para
que en su seno creciera cada vez más la verdad, el amor y la belleza. Claro,
algunos de ustedes me pueden decir: «Padre, usted habla así porque es soltero».
En la familia hay dificultades. En las familias discutimos. En las familias a
veces vuelan los platos. En las familias los hijos traen dolores de cabeza. No
voy a hablar de las suegras. Pero en las familias siempre, siempre, hay cruz;
siempre. Porque el amor de Dios, el Hijo de Dios, nos abrió también ese camino.
Pero en las familias también, después de la cruz, hay resurrección, porque el
Hijo de Dios nos abrió ese camino. Por eso la familia es –perdónenme la
palabra– una fábrica de esperanza, de esperanza de vida y resurrección, pues
Dios fue el que abrió ese camino. Y los hijos. Los hijos dan trabajo. Nosotros
como hijos dimos trabajo. A veces, en casa veo algunos de mis colaboradores que
vienen a trabajar con ojeras. Tienen un bebé de un mes, dos meses. Y les
pregunto: «¿No dormiste?». Y él: «No, lloró toda la noche». En la familia hay
dificultades, pero esas dificultades se superan con amor. El odio no supera
ninguna dificultad. La división de los corazones no supera ninguna dificultad.
Solamente el amor es capaz de superar la dificultad. El amor es fiesta, el amor
es gozo, el amor es seguir adelante.
Y
no quiero seguir hablando porque se hace demasiado largo, pero quisiera marcar
dos puntitos de la familia en los que quisiera que se tuviera un especial
cuidado. No sólo quisiera, tenemos que tener un especial cuidado. Los niños y
los abuelos. Los niños y los jóvenes son el futuro, son la fuerza, los que
llevan adelante. Son aquellos en los que ponemos esperanza. Los abuelos son la
memoria de la familia. Son los que nos dieron la fe, nos transmitieron la fe.
Cuidar a los abuelos y cuidar a los niños es la muestra de amor –no sé si más
grande, pero yo diría– más promisoria de la familia, porque promete el futuro.
Un pueblo que no saber cuidar a los niños y un pueblo que no sabe cuidar a los
abuelos, es un pueblo sin futuro, porque no tiene la fuerza y no tiene la
memoria que lo lleve adelante. Y bueno, La familia es bella, pero cuesta, trae
problemas. En la familia a veces hay enemistades. El marido se pelea con la
mujer, o se miran mal, o los hijos con el padre. Les sugiero un consejo: Nunca
terminen el día sin hacer la paz en la familia. En una familia no se puede
terminar el día en guerra. Que Dios los bendiga. Que Dios les dé fuerzas. Que
Dios los anime a seguir adelante. Cuidemos la familia. Defendamos la familia
porque ahí se juega nuestro futuro. Gracias. Que Dios los bendiga y recen por
mí, por favor.
(romereports.com)
domingo, 27 de setembro de 2015
Em Filadelfia: Papa aos presidiários
Jesus quer curar as nossas feridas, devolver-lhes a dignidade de
filhos de Deus
FILADELFIA,
27 Set. 15 / 04:30 pm (ACI).-
O Papa Francisco pronunciou um discurso esta manhã ante os detentos do Instituto
Correcional Batalham-fromhold da Filadélfia, um dos seus últimos compromissos
nos Estados Unidos. O Papa garantiu aos prisioneiros que Deus sempre nos ajuda
retomar o caminho, recuperar a nossa esperança, restituir-nos a fé e a
confiança e que este tempo de reclusão, para Jesus que lava nossos pés sem
perguntar por onde andamos, nunca foi sinónimo de expulsão. Abaixo o discurso
que o Papa preparou para os reclusos, publicado no Boletim da Santa Sé.
Queridos
irmãos e irmãs!
Obrigado
pela recepção e a possibilidade de estar aqui convosco compartilhando este
período da vossa vida.
Um período difícil, cheio de tensões. Um período que – bem sei – é doloroso não
só para vós, mas também para as vossas famílias e toda a sociedade; porque uma
sociedade, uma família que não sabe sofrer com as dores dos seus filhos, que
não as leva a sério, que as trata como coisas «naturais» considerando-as
normais e previsíveis, é uma sociedade «condenada» a permanecer prisioneira de
si mesma, prisioneira de tudo o que a faz sofrer. Vim como pastor, mas
sobretudo como irmão para compartilhar a vossa situação e fazê-la minha também;
vim para podermos rezar juntos e apresentar ao nosso Deus aquilo que nos dói e
também o que nos encoraja, e receber d’Ele a força da Ressurreição.
Recordo
o Evangelho em que Jesus lava os pés aos seus discípulos durante a Última Ceia.
Uma atitude que os discípulos tiveram dificuldade em compreender, incluindo São
Pedro que reage dizendo-Lhe: «Tu nunca me hás-de lavar os pés!» (Jo 13, 8).
Naquele
tempo era costume, quando uma pessoa chegava a casa, lavar-lhe os pés. As
pessoas eram recebidas sempre assim. Não havia estradas asfaltadas, eram
estradas poeirentas, com o cascalho que se enfiava nas sandálias. Todos
percorriam caminhos que os deixavam impregnados de pó, quando não se feriam em
alguma pedra ou faziam qualquer corte. No Cenáculo, vemos Jesus que lava os
pés, os nossos pés, os pés dos seus discípulos de ontem e de hoje.
Viver
é caminhar, viver é seguir por várias estradas, diferentes caminhos que deixam
a sua marca na nossa vida.
Pela
fé, sabemos que Jesus nos procura, quer curar as nossas feridas, curar os
nossos pés das chagas dum caminho cheio de solidão, limpar-nos do pó que se foi
agarrando a nós ao longo das estradas que cada um percorreu. Não nos pergunta
por onde andámos, nem nos interroga sobre o que andávamos a fazer. Pelo
contrário, diz-nos: «Se Eu não te lavar, nada terás a ver comigo» (Jo 13, 8).
Se não te lavar os pés, não poderei dar-te a vida que o Pai sempre sonhou, a
vida para que te criou. Ele vem ao nosso encontro para nos calçar de novo com a
dignidade dos filhos de Deus. Quer ajudar-nos a recompor o nosso andar, retomar
o nosso caminho, recuperar a nossa esperança, restituir-nos a fé e a confiança.
Quer que regressemos às estradas da vida, sentindo que temos uma missão; que
este tempo de reclusão nunca foi sinónimo de expulsão.
Viver
comporta «sujar os nossos pés» pelas estradas poeirentas da vida, da história.
Todos precisamos de ser purificados, ser lavados. Todos somos procurados por
este Mestre que nos quer ajudar a retomar o caminho. O Senhor procura-nos a
todos, para nos dar a sua mão. É penoso constatar como às vezes se geram
sistemas prisionais que não procuram curar as chagas, curar as feridas, criar
novas oportunidades. É doloroso constatar como às vezes se pensa que só alguns
precisam de ser lavados, purificados, sem considerar que o seu cansaço, o seu
sofrimento, as suas feridas são também o cansaço, o sofrimento e as feridas
duma sociedade. O Senhor no-lo mostra claramente através dum gesto: lavar os
pés para se sentar à mesa; uma mesa, da qual Ele quer que ninguém fique fora. A
mesa que foi preparada para todos e para a qual todos somos convidados.
Este
período na vossa vida só pode ter um objectivo: estender a mão para retomar o
caminho, estender a mão para que ajude à reintegração social. Uma reintegração
de que todos fazemos parte, que todos somos chamados a estimular, acompanhar e
realizar. Uma reintegração procurada e desejada por todos: reclusos, famílias,
funcionários, políticas sociais e educativas. Uma reintegração que beneficia e
eleva o nível moral de toda a comunidade.
Jesus
convida-nos a partilhar a sua sorte, o seu estilo. Ensina-nos a ver o mundo com
os seus olhos. Olhos que não se escandalizam do pó da estrada; antes, procura
limpar e curar, procura remediar. Convida-nos a trabalhar para criar novas
oportunidades: para os presos, para os seus familiares, para os funcionários;
uma oportunidade para toda a sociedade
Desejo
encorajar-vos a manter esta atitude entre vós, com todas as pessoas que de
alguma maneira fazem parte deste Instituto. Sede artífices de oportunidades,
artífices de caminho, de novas vias.
Todos
temos alguma coisa de que ser limpos, purificados. Que a consciência disto nos
desperte para a solidariedade, para nos apoiarmos e procurarmos o melhor para
os outros.
Fixemos
os olhos em Jesus que nos lava os pés: Ele é «o Caminho, a Verdade e a Vida»
(Jo 14, 6), que nos vem fazer sair do engano de crer que nada pode mudar, que
nos ajuda a caminhar por sendas de vida e plenitude. Que a força do seu amor e
da sua Ressurreição seja sempre caminho de vida nova.
(acidigital)
O Papa no coração de Nova Iorque
Em
Filadélfia, última etapa da terceira viagem americana de Bergoglio, o Papa
conclui o encontro mundial das famílias. Com efeito o tema crucial da família,
no centro das suas preocupações e do iminente sínodo, foi mencionado várias
vezes neste itinerário cubano e norte-americano, durante o qual o Pontífice —
como em cinquenta anos três dos seus predecessores (por quatro vezes) — falou à
assembleia geral das Nações Unidas. Suscitou enorme interesse nos meios de
comunicação internacionais o longo discurso aos representantes do mundo
inteiro, mas igual impacto tiveram também os encontros papais no coração de
Nova Iorque, encerrados por uma missa solene no Madison Square Garden.
Deus
vive nas nossas cidades e é possível ver a sua luz caminhando nas trevas,
segundo a imagem de Isaías. Trevas e nevoeiro que, na homilia conclusiva da
visita à grande metrópole, o Papa actualizou com muita eficácia: «O povo que
caminha, respira, vive no meio do smog, viu uma grande luz, experimentou
um ar de vida». E saber que Jesus — conselheiro admirável, Deus forte, Pai para
sempre, Príncipe da paz, segundo a descrição profética — caminha nesta única
história de salvação enche de esperança: induzindo ao encontro com o próximo,
mostrando-se presente na vida diária como intuiu Teresa de Ávila,
misericordioso, doador da verdadeira paz.
Palavras
que parecem ter ressoado e resumido o encontro, simples e enternecedor, do
Pontífice com algumas famílias de imigrantes — sobretudo crianças e jovens
ajudados pelas Charities católicas — numa paróquia de Harlem, um dos bairros
nova-iorquinos mais desfavorecidos e difíceis: onde não há alegria, ali age o
diabo porque, ao contrário, Jesus traz e quer a alegria, disse. Mas a presença
de Deus é visível inclusive nas realidades mais trágicas, onde «a dor é
palpável». Como no impressionante memorial de 11 de Setembro no Ground Zero,
onde surgiam as Twin Towers e onde já Bento XVI tinha rezado no frio de uma
cinzenta manhã de Abril.
Num
lugar que agora a vontade e a memória dos nova-iorquinos souberam transformar
de modo admirável, mostrando deste modo a ferida atroz infligida por quem
cometeu a injustiça e o fratricídio. Aqui o Papa participou num comovedor
testemunho de paz e de oração, com mulheres e homens de diferentes religiões —
hindus, budistas, siques, cristãos, muçulmanos, judeus — que permanecerá um dos
símbolos mais excelsos do pontificado, «sinal vigoroso das nossas vontades de
compartilhar e de reiterar o desejo de sermos forças de reconciliação, forças
de paz e de justiça nesta comunidade» e no mundo inteiro.
E
à comunidade mundial — como Paulo VI pela primeira vez há cinquenta anos, a 4
de Outubro de 1965 — Francisco dirigiu-se directamente. Com um discurso às
Nações Unidas, tanto abrangente quanto importante que, sem esconder os limites
e os problemas abertos, ressoou como um apoio claro à instituição, a tal ponto
que «se faltasse toda esta actividade internacional, a humanidade poderia não
ter sobrevivido ao uso descontrolado das suas próprias potencialidades», disse o
Papa no início da sua longa intervenção.
O
meio ambiente, os excluídos, a guerra, as armas, o caminho da negociação e o
narcotráfico foram os pontos principais desenvolvidos por Bergoglio que,
concluindo, quis fazer suas as palavras finais do histórico discurso de
Montini: «O perigo não vem nem do progresso nem da ciência que, bem utilizados,
poderão, pelo contrário, resolver um grande número dos graves problemas que
assaltam a humanidade. O verdadeiro perigo está no homem, que dispõe de
instrumentos cada vez mais poderosos, aptos tanto para a ruína como para as
mais elevadas conquistas. Em síntese, o edifício da civilização moderna deve
construir-se sobre princípios espirituais, os únicos capazes não apenas de o
sustentar, mas também de o iluminar e animar».
g.m.v.
26
de Setembro de 2015
(osservatoreromano)
Subscrever:
Mensagens (Atom)



