sábado, 17 de outubro de 2009

Ni el mejor ejemplo del mundo



CEGUEIRA VOLUNTÁRIA


Bruno Moreno Ramos / INFOCATÓLICA

CAMINEO.INFO.- Los seres humanos tenemos la curiosa capacidad de negarnos a ver la realidad. Es decir, igual que hay personas ciegas por naturaleza o accidente, en cierto modo podemos ser ciegos por voluntad propia. Si no queremos ver algo, ni el mejor ejemplo del mundo nos convencerá. Aunque la realidad nos dé capones en la cabeza, seguiremos haciendo como si no existiera. Todos sufrimos, en alguna medida, esta ceguera voluntaria que nos impide ver algunos de nuestros defectos o limitaciones, por ejemplo; lo verdaderamente grave es que también podemos cerrar los ojos ante situaciones o acciones graves que pueden causar terribles daños a otras personas.

Como ilustración de esta ceguera voluntaria en un caso gravísimo, he traducido un pequeño párrafo de un artículo escrito por un médico abortista orgulloso de serlo. Este médico abortista se encontró ante el ejemplo perfecto de lo horrible y absurdo que es un aborto. Y, sin embargo, decidió cerrar los ojos ante la realidad, permitiendo que prevaleciera su ideología contra la evidencia que tenía ante sus propios ojos.

He tomado el artículo de un blog, The Abortioneers, dedicado enteramente a ensalzar el aborto como uno de los grandes logros de la civilización y a alabar a los médicos y profesionales sanitarios que se dedican a ello. Es parte de un larguísimo artículo recogido en el blog, en el que la autora reconoce que realizar abortos tardíos puede resultar duro psicológicamente para el médico abortista y que implica violencia contra el feto. Sin embargo, la tesis del artículo es que hay que reconocer esas dificultades para poder defender aún con más fuerza el aborto como un derecho de la mujer en nuestro tiempo.

En un aborto, hay violencia, especialmente en los que se realizan en el segundo trimestre. Ciertos casos hacen que esta violencia sea especialmente evidente, como muestra otra historia de mi propia experiencia.

Como residente de tercer año, pasé muchos días en la clínica abortista de nuestro hospital. El último paciente que vi uno de aquellos días era una mujer embarazada de 23 semanas. Realicé un procedimiento de aborto mediante dilatación y evacuación, sin complicaciones.

Según el correspondiente protocolo, realicé la tarea de volver a juntar las partes del feto en la bandeja metálica. Se trata de un curioso ritual que realizamos los médicos abortistas, necesario como medida clínica de seguridad para asegurar que nada se quede dentro del útero y pueda provocar complicaciones, pero también nos permite, de alguna forma, presentar nuestros respetos al feto (no resulta extraño asombrarse al mirar dedos, uñas, corazón, intestinos, riñones y glándulas suprarrenales en miniatura), a la vez que prescindimos totalmente del mismo.

Después, subí rápidamente a la otra planta para el servicio nocturno de parturientas. La primera paciente que llegó iba a dar a luz de forma prematura, a las 23-24 semanas. Como su tiempo de gestación exacto estaba en duda, la unidad de cuidados intensivos para neonatos reanimó al bebé prematuro y lo llevó a la unidad.

Posteriormente, junto con los preocupados padres, estuve mirando al neonato en la incubadora. Pensé para mis adentros lo extraño que era que, si hubiera estado dentro del útero de su madre, legalmente podría haber desmembrado a este feto-que-ya-era-recién-nacido, pero que el mismo tipo de violencia contra él, en ese momento, ya era ilegal y algo indecible.

Sí, entiendo que la diferencia esencial entre el feto que aborté ese día en la clínica y el de la unidad de cuidados intensivos era un punto crucial: el hecho de que estuviera dentro o fuera del cuerpo de la mujer y, sobre todo, sus deseos y esperanzas para ese feto/bebé. Pero este conocimiento no cambia la realidad de que siempre hay violencia en un aborto en el tercer trimestre, que se hace especialmente aparente en algunos momentos, como en este caso. Tengo que añadir, sin embargo, que creo que rechazar una solicitud de aborto de una mujer también es un acto de violencia indecible.

Supongo que a los lectores, como a mí, les habrá horrorizado lo anterior. La imagen del "médico" recomponiendo en una bandeja metálica los trozos que ha ido arrancando al bebé al abortarlo, para no dejarse ningún trozo, difícilmente podría ser más horrenda. Ni la mejor película de miedo podría superarla. De hecho, si les digo la verdad, procuro no imaginarme la escena para no tener pesadillas con ella.

Lo peor del caso, sin embargo, es que este médico se ha dado cuenta de algo básico en la consideración del aborto: que resulta absurdo pensar que un niño es inmensamente valioso y, a la vez, creer que se puede acabar con su vida si aún está en el seno de su madre. En este caso, eran niños de la misma edad y los médicos despedazaban cruelmente a uno y salvaban al otro. Y el propio doctor autor del artículo se daba cuenta del contraste sangrante entre ambos casos.

Para cualquier persona que no quiera cegarse ante la realidad, la justificación que da el médico para su acción resulta ridícula: La diferencia residía en "que estuviera dentro o fuera del cuerpo de la mujer y, sobre todo, sus deseos y esperanzas para ese feto/bebé". ¿Cómo va a depender la dignidad y el valor de un ser humano de algo totalmente extrínseco a él, como un lugar físico en el que esté situado o los deseos y esperanzas de otra persona distinta? ¿Tenemos nosotros mismos más dignidad según estemos en un lugar o en otro o según lo que piensen los demás de nosotros? El propio caso del que hablamos muestra que algo así no tiene ni la más mínima lógica. Y, sin embargo, este tipo de argumentos se escuchan todos los días y este médico los utiliza para justificarse.

La última frase del texto que he traducido, muestra una versión moderna del fin que justifica los medios y de los valores e ídolos paganos que han sustituido a los principios cristianos y a la ley natural. El feminismo, puesto en el lugar de Dios y convertido en ídolo, se utiliza para justificar cualquier atrocidad cometida en su nombre. Los mismos que hablan con desdén y suficiencia de de la inquisición y de guerras religiosas en nombre de Dios, justifican matanzas abominables en nombre de su ídolo, que ellos llaman Feminismo, pero cuyo nombre real es Moloch.

Ya el demonio prometió a Adán y Eva que, si seguían sus indicaciones, se les "abrirían los ojos". Y, como sabemos, el resultado fue entonces y sigue siendo hoy, una ceguera tan grande que no quiere ni oír hablar de la luz. Y así fue que la luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron.

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