domingo, 5 de dezembro de 2010

NOVENA A LA INMACULADA día sexto



Dulce Madre, no te alejes,
Tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes
y solo nunca me dejes;
ya que tú me quieres tanto
como verdadera Madre,
haz que me bendigan el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.



María ejemplo de esfuerzo por Dios



El quinto misterio gozoso del Santo Rosario presenta para nuestra meditación un suceso agridulce de la vida de María. Recordémoslo de la mano de san Lucas, 2, 41-52.

María y José están sin Jesús. Es la primera vez que sintieron este vacío singular, una soledad que, mientras duró, inundó sus vidas de tristeza. Es la pérdida del hijo único y pequeño. Cualquier padre puede entender lo que eso supone. Podemos imaginar la desolación de María al ir pasando las horas, los días, y no encontrar a Jesús; al verse ya lejos de Jerusalén sin el Hijo, pensando que se ha perdido en la gran ciudad desconocida.

José, como padre adoptivo de Jesús, pero verdadero cabeza responsable de la familia, sentiría una especial preocupación: José, hijo de Davidle dijo el ángel–, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. El, aunque no según la carne, era, por voluntad de Dios, verdadero padre de Jesús según la ley. Dios mismo confió en él para que custodiara a Jesús hasta su madurez humana. Por otra parte, José sabía muy bien que había perdido mucho más que a un hijo suyo: ¡Cómo sería su dolor! ¡Cómo sería el de María!

Seguramente somos capaces de ponderar la grandeza del sufrimiento por la pérdida de un ser muy querido –un hijo, por ejemplo, un hermano, un padre– que falta ya un día entero de casa sin motivo aparente. Perder lo que más amamos de este mundo duele mucho y haríamos cualquier cosa por recuperarlo. ¿Lo sentimos así si perdemos a Dios por el pecado, o si notamos que a veces cuenta poco en nuestra vida?

Nos imaginamos a María y a José en Nazaret vacíos sin Jesús, que es el sentido, la razón a sus vidas. No se escudan en el poder de Dios, pues lo que puedan hacer por sí mismos, deben hacerlo y no hay tiempo que perder: han de buscarlo, poniendo en ello todo su empeño, con urgencia. Invocarían el auxilio del Señor una y otra vez como habían hecho las mujeres y los hombres fieles a Dios, cuyas vidas eran un ejemplo para todo israelita, mientras ponía por su parte todos los medios humanos buscando al Señor.

La preocupación de María y de José por encontrar cuanto antes a Jesús es otro "misterio" que, de algún modo, debe también formar parte de la existencia del cristiano. Lo nuestro, si procuramos agradar a Dios a pesar de nuestros errores, siempre es buscar al Señor y hallarle tras cada abandono culpable; pues reconocemos que, demasiado abstraídos por lo nuestro, con frecuencia lo perdemos.

El Señor conmigo, en mi vida por corriente que sea, es quien da valor a mi existencia y a la de todos. ¿Cómo le busco? Nuestra vida puede ser también un continuo buscar a Dios, cada vez que notamos que ya no es El por quien reímos, por quien trabajamos, con quien descansamos o también por quien sufrimos. Le buscaremos, por eso todos los días para que todo lo nuestro sea por El y con El de principio a fin. ...

Al cabo de tres días, dice el evangelista, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. ...

Pero esta presencia actual, activa de Dios por nuestra parte, no es posible sin buscarlo activamente en ratos de oración, que vienen a ser como la caldera que mantiene caldeada la casa todo el día. Este misterio de Jesús perdido nos sugiere un modo habitual de vivir, buscando diriamente al Señor en ratos que reservamos para una oración intensa:

¿No?... ¿Porque no has tenido tiempo?... —Tienes tiempo. Además, ¿qué obras serán las tuyas, si no las has meditado en la presencia del Señor, para ordenarlas? Sin esa conversación con Dios, ¿cómo acabarás con perfección la labor de la jornada?...

Nos va mucho en la oración. San Lucas concluye el relato sobre Jesús encontrado por fin en el Templo de Jerusalen, anotando que su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Eso es rezar: considerar con Dios en el corazón las circunstacias de nuestra vida. Con Dios y con su Madre, que es también Madre nuestra.

(OELDOMINGO)



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